Las elecciones de siempre eran simples, había una izquierda y los obreros le votaban porque los obreros le tenían que votar a la izquierda para que defendiera sus derechos de trabajador frente a los empresarios. Y estaba la derecha, que nunca tuvo discurso y casi siempre entró cuando la izquierda se separaba demasiado de la realidad. Esto ocurría a cada 4 años o como mucho, 8. Hoy es muy complejo y los obreros, o su conciencia, casi no existen, los han sustituido la franjas poblacionales excluidas (pobres, minorías), la universidad, el mundo de la cultura pop y cuentan con poderosos aparatos de propaganda, los grandes medios de comunicación, prensa y televisión principalmente. La derecha continúa igual, sin un propósito ideológico establecido, es pragmática, realista y normalmente liberal. Después de 20 años gobernando, el PT en Brasil ha superado por mucho el ciclo de permanencia natural por un motivo: Lula. Nada ha cambiado sustancialmente en el país, los pobres continúan igual, los ricos, también, la infraestructura de transportes es precaria y no se consigue llegar a los sitios. Tres cosas han empeorado de manera alarmante: la seguridad, el gasto público y la calidad de los políticos, que son los encargados de gestionar las necesidades del país y dar respuestas adecuadas a los problemas. Con este escenario, Flávio Bolsonaro debería ganar por inercia. Pero los resultados son inciertos, se enfrenta al mayor contrincante político que la historia de Brasil haya dado jamás. Su discurso apelativo, populista y dudoso y el aumento impúdico del ingreso mínimo vital 3 semanas antes de las elecciones del segundo turno calan de manera muy fácil en la población del Nordeste. En São Paulo habita un alto porcentaje de funcionarios públicos, profesores universitarios, élite empoderada y fuertemente ideologizada que necesita creer en los fantasmas en torno al nombre Bolsonaro porque vive bien en el estado actual de las cosas.